Ensayo sobre Idea Vilariño

 


Autora:
*Tania A. Ramos González (AZULA) ©
UNA PROMESA DEBIDA A IDEA VILARIÑO

Fue un martes a las diez y treinta de la mañana cuando pude tocar de cerca el misterio de su poesía. La muerte, como una de sus temáticas principales, me llevó hasta su puerta. Estaba en la fase investigativa de mi tesis y una beca me había abierto el camino para llegar hasta Montevideo y conocerla. Ella no recibía a nadie; la vida y sus múltiples niveles de tristeza habían logrado que se aliara sin reparos junto a una soledad segura y productiva.
He de aclarar, que en realidad me llevó hasta ella una herida, pronto entendí que era compartida. Diez y veinticinco, mis impulsos estaban allí queriendo reconocer en ella lo que había perdido. Quizá aceptó verme porque dos asuntos la acercaban a Puerto Rico: “Fefel” Varona y el recuerdo de la correspondencia que sostuvo con Juan Ramón Jiménez mientras este vivía aquí.
Ciertamente, las razones sobraban, yo estaba allí frente a su puerta esperando hurgar entre sus versos, entre su laconismo, para comprender el ritmo de sus palabras, para conocer a la “Suplicante” que perdió su paraíso, su pobre mundo, sus poemas de amor. Llevaba conmigo una libreta, una grabadora, copia de las cartas que ella le había escrito al poeta, una hija en el vientre y el frío desnudo de quien se acerca a un precipicio. Toqué el timbre de aquella puerta oscura que cobijaba a una extraordinaria poeta. Fue entonces cuando la vi por primera vez.
Estaba tan cerca de mis ilusiones que sentí la fragilidad del temor constante a equivocarme con cada palabra pronunciada a su lado. Una biblioteca inmensa llenaba la sala donde tenía lugar aquel encuentro, poco a poco entendí que la realidad puede a veces superar la fantasía. Comenzamos a conversar, rompiendo el abismo que se forma ante la presencia de un desconocido. Yo solo tenía fragmentos de su vida; ella la tenía toda; yo solo tenía preguntas luego de haber devorado su obra publicada; ella, pocas respuestas y una mirada serena. Sin darnos cuenta, las horas se acumularon en el sofá mientras conspirábamos a favor de la poesía. Manuel Claps, Juan Carlos Onetti, Juan Ramón Jiménez del lado de allá; Eugenio María de Hostos, Julia de Burgos, Juan Antonio Corretjer, entre otros, del lado de acá. Ella conocía muy poco de nuestra literatura, apenas podía entender qué clase de país éramos (somos), -pero colonia todavía ¿por qué?, -me preguntaba; fue difícil explicarle, puesto que en el fondo compartía con ella la misma decepción.
Ella ya había escuchado de Puerto Rico por su cercanía con Casa de las Américas en Cuba (fue jurado en certámenes) y también porque en 1968 conoció a José “Fefel” Varona. Ambos coincidieron en un vuelo (asientos contiguos); su encuentro fue previo al ataque que daría fin a la vida de este, por parte de las Fuerzas Armadas estadounidenses. “La inteligencia de ese joven me impactó, él me habló de su país y lo que lo motivaba a ir a Vietnam”, -me decía la poeta. Fue solamente ese encuentro, pero provocó que Vilariño le dedicara un poema en su libro Pobre mundo, a raíz de la muerte de este. Así la complicidad iba anudando nuestras vidas.
El mate de aquella tarde y tanta palabra suelta fueron marcando el territorio entre el cariño, la admiración, las coincidencias y el amor. Yo traté de indagar sobre diversos asuntos. Empecé a preguntarle acerca de su círculo de amigos e intelectuales; sus ojos decían más que sus palabras… “el filósofo Manuel Claps, -contestaba escuetamente-, pues él y otro grupo de escritores (fundadores de la revista Número1) nos obligábamos a ser severos, críticos y autocríticos”. Pero su poesía, Idea, su poesía; esa profunda tristeza y apego a la muerte (que en el fondo es apego a la vida): “mi poesía comenzó buscando darle expresión a lo que sentía”-contestó.
La muerte de su madre (1943), la de su padre (1944) y la de su hermano Azul, poco después, además de los periodos de enfermedad en la piel, que la tuvieron todo un año en cama, son solo algunos datos que la marcaron y pueden haber propiciado que ella dedicara su vida al estudio de las letras y no al de la ciencia y la medicina, como se había propuesto inicialmente. Cuando hablaba con tibieza de su padre, el poeta Leandro Vilariño, le brillaban los ojos; una especie de alegría tierna habitaba su memoria solo percibida por el tono de su voz. Los silencios eran buenas señales, ya tocaba un cambio de tema urgente. Yo quería saber siempre más, pero no debía abrumarla, algo me susurraba al oído que no debía. Por fin, me atreví a preguntarle de sus amores, en especial sobre Onetti, todos hablaban y especulaban, tras las dedicatorias que ambos poetas habían colocado en el umbral de sus respectivos libros (Ella: Poemas de amor; Él, Los adioses).
Era de conocimiento público que habían tenido una relación amorosa, difícil e intensa. Sí, lo amó, sin lugar a dudas. Pero el suyo fue un amor doloroso, signado por partidas y pérdidas, sin por ello dejar de ser amor. Tuvo sus ganancias poéticas y literarias para ambos. Pero aquella tarde, fue poco lo dicho, salvo un lacónico: “Juan Carlos Onetti, relación personal muy intensa, lucha de secretos y silencios mal leídos. No hablábamos de literatura”. Tan solo eso, y que lo vio antes de morir. Cuando lo visitó comprobó que todavía quedaba un profundo cariño puesto a airear. Claro, que hablar de los escritores y cómo estos se relacionan amorosamente, fue la forma perfecta para hacernos piolas, desde ese lugar intangible de los sueños y las decepciones. Fue entonces cuando saqué las cartas que ella le había enviado a Juan Ramón Jiménez. Abrir esas cartas fue hurgar en un baúl de nostalgias; tesoros escondidos, y poco comentados por la crítica, se me fueron apareciendo.
Ella lo admiraba, lo leía y sabía de memoria muchos de los poemas de la segunda antología. Había mantenido una relación de amistad con el poeta y algo de esa correspondencia la intercambiaron mientras él vivió en Puerto Rico. Vilariño recuperó así copia de sus cartas, y en recompensa, me permitió leer algunas de las que Juan Ramón le había escrito. Digamos que tuvieron una relación de amor platónico correspondido. Transitar por aquellas letras cerradas, enigmáticas, amorosas y desbordadas, ya era un gesto de confianza que agradecí pronto. Sentí aquella impertinencia autorizada como un cumplido en medio de nuestra prolongada conversación. Ya éramos amigas, si no cómo explicar tanta intimidad organizando los sentidos. Una llamada nos interrumpió, un corte inesperado, ya habían venido a recogerme; si bien es cierto que era tarde, qué importa el tiempo cuando estás en medio de la poesía.
Una familia generosa se había atribuido rigurosamente la responsabilidad de cuidarme, pues tenía seis meses de embarazo y estaba en un país conocido solamente a través de la literatura y de mis extensas lecturas sobre su historia, sobre todo, a partir de la dictadura. Visto estaba que necesitábamos un segundo encuentro. No me atreví decirlo, pero ella lo sugirió. Al salir aquella noche de la calle Anzani, esquina Italia #2129, un diluvio interno me invadía el pecho, estaba aún tratando de apalabrar la experiencia. Aquel martes inolvidable, había conspirado con la poesía, había empezado a cerrar una que otra herida y había prometido regresar. Hace unas semanas se me ha muerto mi poeta, con la que me desvelé por año y medio terminando una investigación, explicándome sus versos, su ritmo, su idea de muerte, su dolor. Hoy, revisando mis papeles he encontrado una carta suya, esta vez era para mí:
“Querida Tania: Qué alegría volver a encontrarte y saber que todo anda bien. […] Me gustaría ver tu trabajo cuando esté terminado. Aunque no siempre comprenda tus procedimientos, creo que en general vas muy bien. Te ruego que no vaciles en escribirme por cualquier problema. Una vez operada Poema [su hermana] y entregado Shakespeare [estaba traduciendo Julio César] estaré más libre. Te saludo con mucho afecto. Idea”. No pude volverle a escribir; la vorágine de la cotidianidad, lo urgente le quitó tiempo a lo importante. Me quedan aquellos días pegaditos a la última mirada, un intento de cumplir con una promesa debida, aun sabiendo que “Ya no estás en un día futuro” (Ya no -1958- en Poemas de amor), esperando que hayas llegado a tu “seguro seguro paraíso” (Parasíso perdido -1947-) porque tu muerte es la afirmación de la prolongación de tu vida, y tu poesía un paradigma profundo de inmortalidad, un designio infranqueable, una sutura en medio de la inescapabilidad.

1La revista Número fue fundada y dirigida en 1949 por Idea Vilariño, Manuel Claps, Emir Rodríguez Monegal y posteriormente Mario Benedetti.

2La crítica ha dedicado mucho tiempo a dilucidar y divulgar la relación amorosa que existió entre ellos. Un documental titulado Idea (Mario Jacob, Montevideo: Imágenes Org, 1995) centra bastante su atención en ese aspecto, pero creo que otras relaciones han sido más determinantes en la configuración de su poética.

Este ensayo fue publicado en el periódico Claridad el 3 de julio de 2009.

*La autora trabaja para el College Board y fue profesora a tiempo parcial en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. En el 2002 finalizó su tesis  para el grado de Maestría sobre la poesía de Idea Vilariño y actualmente escribe su tesis doctoral sobre la poesía de la puertorriqueña Ángela María Dávila.

Carta de Idea Vilariño  a Tania A. Ramos:

carta-de-idea-v-a-tania

6 comentarios el “Ensayo sobre Idea Vilariño

  1. Querida Tania , hoy he colocado tu excelente ensayo sobre tu entrevista acerca de la poeta Vilariño. Su relación con Onettii y luego lo que dices de las cartas que le escribió Juan Ramón y creo que tienes razón pues Juan Ramón con todo y lo que queria a Zenobia era un pica flor incluso en su vejez. Pero veo que fue un amor en la distancia … un amor platónico que no por serlo deja de ser hermoso. Este ensayo me ha provocado hambre por saber más de Idea Vilariño y trataré de indagar en tu tesis sobre su poética …tan pronto pueda. Gracias

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